Hoy tengo una vida atada a los cordones. Mañana dos docenas de pecados capitales del mundo en mapas mudos. Siempre ha consistido en eso, en conquitarme los sueños en puñados, y los puños enzarzados en un beso bipolar.
La inconstancia tiene que ser un problema de páncreas o un daño colateral de aquella insuficiencia epática que apenas recuerdo. No tengo más que mis 5 lenguas favoritas y 24 horas como 24 costillas, un día entero con su noche rimando con mi caja torácica.
Qué bonita es la palabra disyuntiva. Me encantaría saber bailar. Llevo más tiempo del que creía recorriendo estas carreteras secundarias del viejo continente, y se me atasca esta impresión de tener siempre un par de cosas a medias y la vida en la guantera de un coche que no es ni mucho menos mío que el moreno de estos párpados.
Hoy tengo mis terrores agrupados, los encantos afilados, y mañana... mañana no me duelen los ayeres. Sin más armadura que uñas y cabello diferentes cada año, y sin embargo, este pecho; cabidad y corazón, piel y alfombra de palabras; este pecho es el único que va conmigo hasta la última puesta de todos los soles.
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