Y en cuanto acabó de zurcir las heridas de las noches mal dormidas llegué yo, y le llené de flores el jergón para los dos... sin espinas, de colores que se rieguen cuando llore, y cuando no, las sulfatamos con nuestro sudor. Y me confesó "cuando quieras arrancamos" que en las líneas de la mano lo leyó, que se acabó el que la quemara el sol, pero se asustó:
-¡Cómo te retumba el pecho!
-Tranqui, sólo es mi maltrecho corazón que se encabrita cuando oye tu voz el muy cabrón.
¿Qué coño le pasará que ya no sale a volar? ¿tal vez le mojó las plumas el relente de la luna? Le volvió loca el sonío de las gotas de rocío cuando empieza a clarear y aún no se ha dormío... Y me enamoró. Aunque era un hada alada y yo seguía siendo nada no importó. Éramos parte del mismo colchón hasta que juró:
-Nos querremos más que nadie pa' que no corra ni el aire entre tú y yo.
Sentí que me iba faltando el calor... Le hizo un trato al colchón, con su espuma se forró el corazón. Que noche era de piedra y al alba era de mimbre que se dobla antes que partirse...
Amaneció, la vi irse sonriendo con lo puesto por la puerta del balcón, el pelo al viento
diciéndome adiós porque decidió que ya estaba hasta las tetas de poetas de bragueta y revolcón, de trovadores de contenedor.-
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